Radfem: alianzas con lxs antiderechos y disfusión de sus lógicas en el feminismo

Lxs compañerxs de La Tetera, revista digital LGTB producida en Rosario, me invitaron a escribir sobre las radfem. ¡Muchas gracias!


En las últimas semanas, las radfem, feministas radicales, tomaron un lugar central en las discusiones de los espacios militantes feministas y lgtb, debido a una serie de declaraciones y a sus acciones trans excluyentes en relación al 8 de marzo. El gran problema con las radfem, sin embargo, no son sus declaraciones más brutales, que afortunadamente generan rechazo rápido, sino que mucho de su pensamiento permea en sectores mucho más amplios del feminismo, aunque no se identifica como feministas radicales.

El crecimiento de las radfem no es exclusivo de Argentina. Desde hace unos tres años su número, su actividad y su influencia viene creciendo en Inglaterra, España, Brasil y Estados Unidos. No hay que pensar que son una corriente nueva en el feminismo ni mucho menos que son “infiltradas”: son una línea de pensamiento que viene desde fines de los ’60, con una presencia fuerte en los ’70 y los ’80, y en nuestro país en los ’90. Luego habían perdido influencia y ahora están recuperando presencia.

La congruencia entre las radfem y los sectores antiderechos

¿Por qué este resurgimiento de las radfem se da ahora? Creo que se conjugan factores de contexto. Un factor externo es el auge de los sectores antiderechos, con su retórica y su agenda profundamente conservadores y antisexuales, que atacan frontalmente al concepto de género (llamándolo ideología), a la teoría queer, a las personas trans, a las familias formadas por personas lgtb y a las manifestaciones explícitas de lo sexual en el discurso, en la cultura y en el uso del espacio público. Consideran al género una ficción producida por la teoría queer y el feminismo, mientras que el sexo sería una realidad material; es un discurso que dejó de apelar directamente a dios para recurrir a la naturaleza.

Según el feminismo radical, el patriarcado es un sistema de opresión del conjunto de los varones sobre las mujeres, con el fin de explotar el potencial reproductivo de las mujeres y satisfacer los deseos sexuales de los varones. Sostiene que el patriarcado es el único o el principal (según de qué autoras se trate) sistema de opresión y que todas las demás características tienen que quedar en lugares secundarios. Dice querer abolir el género, en tanto sistema que impone estereotipos y que otorga diferenciales de poder, privilegios y oportunidades a mujeres y varones en función del sexo. Considera al sexo como una materialidad observable y al género como construcción, una ficción patriarcal, pero sin embargo tiene una visión determinista: una vez que debido al sexo se pertenece a un género, no es posible que las personas manifiesten otra vivencia personal.

Hay congruencia entre los antiderechos y las radfem en trazar una correspondencia determinista entre sexo y género, son miradas no sólo binarias sino reduccionistas, biologicistas y borran toda individualidad. Las radfem, los grupos antiderechos y otros sectores utilizan el término sexo sin dar cuenta de la historia de las ciencias biológica y médica y sus cambios acerca de qué elementos del cuerpo se toman en cuenta para determinar el sexo, que por lo tanto también es una construcción cultural (un ejemplo: antes del siglo 20 no se conocían los cromosomas sexuales). Además, suponen que en la especie humana hay una dicotomía sexual marcada, estable y casi universal. Esa mirada niega la gran diversidad de configuraciones de las características sexuales que se agrupan bajo el término intersex.

Por otro lado, hay un elemento de contexto más interno: el feminismo mayoritario contemporáneo en nuestro país es fuertemente cisexista y es básicamente un feminismo organizado en torno a la figura de la víctima. Este es un gran problema que hace que sea tan riesgoso el resurgimiento de las radfem, porque si bien sus contenidos más burdos en torno a las personas trans son chocantes y generan respuesta de rechazo, otros de sus contenidos no resultan igual de chocantes y van configurando un cierto “sentido común feminista”. Por ejemplo, en la discusión sobre si las travestis y las mujeres trans pueden ser parte del feminismo y de sus espacios y acciones, las feministas transfóbicas dicen que no, las no transfóbicas dicen que sí. Pero, tal como señala Julia Serano, el hecho mismo de que las feministas cis (heterosexuales, lesbianas y bisexuales) consideren que son quienes deben decidir eso es cisexista: por algún motivo ellas se consideran “naturalmente” adentro de forma incuestionable y con potestad de abrir el ingreso de otras, que estarían afuera. Ese motivo no es otro que el cuerpo. Es biologicismo también entre las feministas cis no transfóbicas.

El binarismo víctima-victimario

Para el pensamiento radfem, los hombres constituyen un grupo homogéneo y monolítico en sus alianzas y son indefectiblemente victimarios. Las mujeres constituyen otro grupo homogéneo cuyo problema sería justamente no poder hacer alianzas internas, serían solamente víctimas y la tarea del feminismo sería crear las condiciones de conciencia política en el grupo oprimido de las víctimas para forjar alianzas internas. Al postular que el patriarcado es el único sistema de opresión o el más importante, pretende una homogeneización de las mujeres y se dejan de lado todas las situaciones que podrían afectar o modificar la experiencia de ser mujeres: la clase, la racialización, la orientación sexual, etc. Lo único que queda es el “ser mujer”, que pasa a estar cifrado en el cuerpo, un cuerpo con ciertas características biológicas sexuales. Se hace la misma operación sobre los hombres. Para que el sistema analítico que ellas proponen funcione en términos políticos, es necesario que cada grupo antagónico, el de las oprimidas y el de los opresores, sean entidades absolutas, sin fisuras, sin contaminaciones, sin existencia de otros grupos que no participen del antagonismo ni que lo hagan complejo, multilateral o lo atenúen de alguna forma. Es por la combinación de estas dos cosas que finalmente terminan siendo biologicistas: no les queda más que el cuerpo crudo de la biología para actuar como factor unificador interno de cada uno de esos grupos, para marcar las fronteras de pertenencia. Y como el enfrentamiento es en función de lo sexual (heterosexual), lo único que importa de esos cuerpos son sus caracteres sexuales (y no, por ejemplo, el color de la piel, la edad, las capacidades físicas o intelectuales, la gordura, etc.).

Hay una falacia en este pensamiento, una contradicción interna insalvable: sostienen que el género es construcción pero recurren a una supuesta realidad natural para sostener su visión de enfrentamiento irreductible entre mujeres y hombres. De esa visión del mundo, las radfem derivan una agenda de reivindicaciones y todo un programa biopolítico, que establece taxativamente qué usos e intervenciones sobre el cuerpo son válidos y cuáles no. Su transfobia, sus posiciones sobre formas de sexualidad y sus planteos ante las tecnologías reproductivas son manifestaciones de ese programa biopolítico.

Por supuesto, en las décadas que siguieron al surgimiento del feminismo radical aparecieron críticas desde grupos que impugnaban la posibilidad de homogeneización en el mero “ser mujeres”: críticas hechas por las lesbianas, negras, chicanas, latinoamericanas, mujeres con discapacidad, las trans, entre otras. Parece que en este nuevo giro derechizado también se quiere borrar la muy rica historia de producción teórica, organización y acción de esos sectores del feminismo.

El artículo completo se puede leer aquí.

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